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Hace ya algunos años, conocí a un hombre que laceraba corazones por no poder dominar sus celos, un hombre que lastimaba todo lo que más amaba y aún continúa lastimando, en la distancia, en las miradas y en el recuerdo. Ese hombre es un poeta hastiado de soledades que ama y asesina a un mismo tiempo.
Ella cometió los dos errores clásicos que comprometen a los amantes impetuosos: el primero, olvido que una mujer no debe entregar promesas más allá de sus posibilidades o sus tiempos y el segundo extravío, que el hombre fatiga con demasiadas prisas sus deseos y se ahoga prontamente entre otros brazos y perfumes.
Él la abandonó una mañana de domingo, fue así, para ella, el día más largo de su vida. Limpió mil objetos innecesarios, cambió de lugar dos mil adornos y cerámicas, encendió y apago el viejo televisor un millón de veces, al fin descubrió que solo era mediodía y aún restaba toda una larga tarde sin voces ni portazos.
Un hombre sabe que por amor alguna vez ha recorrido más de diez mil kilómetros en el transcurso de una noche o un millón en la duración de una llovizna. Ha mirado muchas veces en un mapa las distancias increíbles que separan dos ciudades, dos puntos infinitesimales, dos hogares en conflicto, dos latidos de palabras.
Si ella mencionara una sola vez la belleza de esa tarde. Si ella no omitiera ningún detalle de ese río que aún murmura en mi oído. Si ella solo pidiera por un instante mi cabeza: yo, ciego de los siete velos, sin Herodes ni Herodías, sin princesas idumeas, me entregaría a mí mismo, manso y enamorado, en una bandeja de plata.
Él, por celos, tomó decisiones que siempre intentaron borrar su pasado. Nunca pidió fotos, jamás conservo una carta y nunca trato de recordar el perfil de un rostro ni el aroma de las flores que ellas tenían como preferidas. Él, por celos, creyó estar siempre en lo correcto y nuevamente cada viernes volvía a enamorarse.
Las palabras, cuando solo son palabras, suelen comprometer más de lo que aparentan. Uno dice las cosas por decirlas nomás y entonces la otra persona interpreta algo distinto y nos acusa de observaciones indiscretas o de atropellos indebidos. Las palabras, para dejar de ser solo palabras, deben tener aroma y gusto, y sonar como el chasquido de un beso.
Ella no quiso besarme cuando yo tenía doce años. Yo volví a besarla un día de marzo a mis cansados treinta y pico. Ella me dijo que siempre la había perseguido la sombra de ese beso en las nocturnidades y en los momentos de nostalgia, y que ya era hora de dejarse dar alcance. Yo prometí siempre recordar su rostro y sus trencitas con cintas de raso.
Él visita los chicos cada tres días, a pesar de que habían acordado de antemano que solo seria fin de semana por medio, ya que ahora reparte su poco tiempo entre el absorbente trabajo y un nuevo amor que le ata las salidas y sofoca sus tardes. Él la mira silencioso desde el sillón del living y recuerda, que debe llevarse algunas fotos para estar más cerca.
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